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El Engorde del Atún: Dudas y Retos

Actualizado: 29 ene 2024

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Esta es la tercera entrada de la serie "La suerte del Atún". En anteriores entradas hemos descrito las características biológicas del pez y las prácticas de engorde en cautiverio. En este artículo analizaremos esta práctica en el ámbito de la economía, el medio ambiente y la ética, tomando como referencia trabajos de investigación publicados.


Economía

En el capítulo anterior explicamos que la carne de atún obtenida por la vía del engorde está calificada en el mercado con un nivel de calidad medio. Veamos si es posible mejorar ese parámetro y la cotización. Por encima del producto se encuentra la carne de los peces salvajes, habitualmente de gran talla (entre 400 y 500Kg). Estos especímenes cotizan en el mercado como productos exclusivos, porque son escasos, han consumido una dieta más variada en su vida libre y están en plena forma en el momento de su captura. Se podría contemplar la posibilidad de producir estos gigantes en cautiverio, pero existe un problema. Cuanto mas grande es el animal, la proporción de alimento que necesita aumenta. Un ejemplar de unos 30Kg debe consumir unos 15-20 Kg de pescado para engordar un Kg, pero un espécimen de 300 Kg debe consumir unos 40 Kg. Aunque esto es técnicamente posible, la producción de grandes especímenes en régimen de engorde no resulta rentable.

A pesar de estos límites, el engorde tiene sus ventajas. A diferencia de la pesca, esta práctica permite planificar la producción de acuerdo con las necesidades del mercado. Por otra parte, aunque el engorde está muy extendido, no se prevé una saturación del mercado. Por lo tanto, la apuesta por el engorde puede ser un negocio estable.


En el ámbito del empleo, los procesos de engorde ofrecen oportunidades de creación de puestos de trabajo estables. Por ejemplo, las cuatro operaciones que actualmente existen en Croacia han generado cerca de 500 puestos de trabajo en tareas como pesca con redes de cerco, mantenimiento de instalaciones, cuidado de los peces, trabajo de la cadena de frío, control de calidad, transporte y comercialización.

Entre los problemas, sin embargo, destacan los desencuentros con pequeños pescadores de zonas cercanas, que se quejan por escasez de peces en torno a las instalaciones de engorde. Consultando con una experta en esta materia (Dra. Gorana Jelic ́ Mrčelić, ver la sección de referencias), me comenta que los pequeños pescadores de la costa croata capturan ahora la mitad de lo que pescaban previamente a que se instalaran las jaulas de engorde en 2014.


Medio Ambiente

La contaminación es el daño más habitual en los procesos de acuicultura y engorde. El 10% del peso que consumen los peces se acumula en forma de heces y alimento no consumido en los fondos marinos, lo cual agota el oxígeno del agua, provoca la acumulación de materia orgánica contaminante y resulta en el deterioro de la fauna y flora de esas zonas. En el Mediterráneo, cuando las jaulas se han situado en zonas de poca profundidad y bajo flujo de agua, se han producido graves problemas medioambientales.


Los peces muertos en las jaulas de engorde son a menudo desalojados por compuertas inferiores y aparecen en redes de pesca o en las playas, muchas veces en estado de descomposición.

En el ámbito de la biodiversidad , ya hemos mencionado el impacto del descenso de la población de especies empleadas como alimento para el engorde sobre los pescadores. La anchoa, la sardina, el verdel y el chicharro son también presas de otras especies del entorno. Aunque los niveles de pesca estén dentro de las cuotas establecidas ello no excluye que se puedan causar problemas en la biodiversidad en torno a las instalaciones de engorde.


La Crisis Climática que estamos viviendo nos obliga a contemplar este aspecto en nuevos proyectos de explotación de recursos naturales. En este sentido, la WWF (World Wildlife Fund) realizó una estimación de la huella de carbono en la pesca y procesamiento del atún rojo en 2009, junto con la metodología para calcular la huella, que puede descargarse.


En ese trabajo no se realizaron los cálculos para un proceso de engorde. Por lo tanto, no se puede establecer una comparación entre las dos prácticas. Sin embargo, me atrevo a hacer unos cálculos a grosso modo para aproximarnos al resultado.

Hemos mencionado que, para cada Kg añadido a un atún en cautiverio este tiene que consumir unos 15-20 Kg de pescado (anchoas, verdeles, etc). Un atún de tamaño medio (25Kg) consumiría unos 500 Kg de pescado para duplicar su peso. Ello requeriría múltiples salidas para capturar, congelar y almacenar el pescado empleado como alimento. Según mis cálculos las emisiones producidas por el proceso de engorde son unas 10 veces mayores que las que producen los métodos de pesca y procesado tradicionales.

Si tenemos en cuenta que una parte importante de la energía en estos procesos procede de combustibles fósiles, los datos de la huella de carbono se correlacionarían con el consumo de combustible. En resumen, el engorde en cautiverio también requiere un aporte mayor de energía, sobre todo en forma de combustibles fósiles.


Ética

Una evaluación sobre aspectos éticos del engorde durante el cautiverio del atún debería abordarse desde una perspectiva amplia. Pero ese ejercicio se sitúa fuera del ámbito de este artículo y de las competencias del autor. Por lo tanto, limitaremos la reflexión a tres ámbitos: el valor nutritivo de la carne obtenida, el bienestar del animal y la aceptación social de la práctica.

El engorde del atún rojo en confinamiento presenta problemas similares a los observados en otros tipos de piscicultura, como las infecciones microbianas y las parasitosis. Se han encontrado restos de agentes químicos utilizados en el cautiverio, como antibióticos, antiparásitarios y desinfectantes. Estos últimos se utilizan en la mayor cantidad para garantizar la calidad microbiológica del pescado empleado en el engorde, así como la limpieza de las instalaciones. Entre los compuestos encontrados en la carne los más comunes son los órganoclorados, sobre todo bifenilos policlorados (Klincic et al. 2020). La exposición continuada a estos agentes puede afectar a algunos consumidores, así como a la calidad de vida del propio pez.


El atún rojo es un carnívoro longevo que acumula mercurio en su carne. Según la OCU (Organización de Consumidores y Usuarios), se recomienda consumirlo ocasionalmente, mientras que las especies empleadas para su engorde, como la sardina, la anchoa, el chicharro y el verdel tienen niveles de mercurio comparativamente mucho más bajos.

Aunque las especies empleadas para cebar al atún rojo no cotizan altos precios en el mercado son, paradójicamente, más saludables. En cuanto al contenido en ácidos grasos poliinsaturados, por ejemplo, la proporción sobre el total en materia grasa de aceites Omega-3 en el chicharro y anchoa es del 2.5-5% y en las sardinas un 1.3-1.8%. La carne de atún, en cambio, tiene una proporción bastante más baja (entre 0.5 y 1%).

Por lo tanto, el consumo humano de las especies empleadas para el cebado representaría un uso más eficiente de los recursos marinos que el engorde del atún.


Entremos ahora a examinar el bienestar del atún rojo durante el cautiverio.

Hemos explicado en entradas anteriores que el atún rojo es un animal de facultades extraordinarias y mucho brío. En este sentido, las condiciones naturales en las que se desenvuelve dejan poco margen para ser emuladas en cautiverio. Lo mismo ocurre con otros muchos animales, como la golondrina o el guepardo.

Por ejemplo, el atún rojo es vulnerable a los episodios violentos e inesperados. El mero acto de pescar y liberar un individuo sin siquiera extraerlo del agua ya genera un impacto medible en su esperanza de vida (Ellis et al. 2002).

Cuando se empezaron a colocar dispositivos de geolocalización para seguir los movimientos de los atunes, los investigadores descubrieron que el comportamiento de los peces marcados no se correspondía con el del resto. El trauma del etiquetado afectaba negativamente el patrón de alimentación, reducía el crecimiento y aumentaba la tasa de mortandad. Además, los efectos traumáticos se prolongaban en el tiempo. Un trabajo calculó que los efectos del etiquetado se superaban tras 44 a 53 días (revisión de todos los trabajos en Jeffries, 2016).


Además de la preocupación de los científicos, los traumas del atún han inquietado también a los responsables de la pesca y el engorde. Desde hace tiempo se sabe que la lucha durante la captura puede provocar la acumulación de ácido láctico en los músculos (en japonés se llama Yake ), lo cual repercute en la calidad de la carne y su cotización en el mercado. Por lo tanto, para evitar el Yake, se ideó el Ike jime (imagen superior), antiguo procedimiento japonés para capturar y sacrificar peces de una manera poco violenta, que se ha extendido en las instalaciones de engorde.


Pasemos ahora a evaluar la fase de cautiverio en las jaulas. El atún puede mostrar reacciones violentas al ser asustado, que se trasladan rápidamente a todo el banco de peces. Este comportamiento se observa en la pesca en mar abierto con cebo vivo. Si se deja caer cualquier utensilio al agua en plena faena, el banco entero puede desaparecer en las profundidades al instante. Este tipo de respuestas se observan también en cautiverio cuando ocurre algún evento de violencia extraordinaria, como una tormenta eléctrica. En esos casos, el pánico colectivo provoca colisiones y la muerte de muchos individuos.

Al margen de estos episodios puntuales, la etapa de engorde abre una serie de incógnitas en torno al estrés crónico que pueden padecer los peces. Una manera de monitorizarlo consiste en cuantificar los niveles de hormonas en sangre.

El aumento de la concentración sanguínea de cortisol está relacionado con el nivel de estrés en los animales, incluidos los peces. En la secuencia de imágenes de la izquierda se puede ver el comportamiento de un pez cebra (Danio rerio) cuando el cortisol y la Fluoxetina (un agente que se utiliza contra la depresión) se han añadido al agua.

El nivel de movilidad es muy alto con cambios de dirección erráticos. Este comportamiento define el estrés en los peces.

Estudios realizados en truchas han confirmado que los ejemplares salvajes presentan un nivel de cortisol mucho más elevado durante el cautiverio que las truchas criadas en piscifactoría (Caldwell y Strange 1987; Lapege et al. 2000). Las consecuencias del estrés se mantienen durante varias semanas después de la liberación. Hay que tener en cuenta que, además de no estár acostumbradas al cautiverio, las truchas salvajes son genéticamente diferentes a las criadas en piscifactoría. Estas últimas han sido expresamente seleccionadas para su mejor adecuación a los sistemas productivos, como ha ocurrido con otros animales domesticados.

Volviendo al caso del atún, una tesis doctoral defendida en Australia en 2016 analizó la situación del Atún del Pacífico Sur Thunnus maccoyii durante un periodo de engorde en cautiverio. En este exhaustivo estudio, el autor concluyó que los análisis sanguíneos revelaban estrés crónico a lo largo de 18 meses de cautiverio. También se refiere a la importancia de los altos niveles de parásitos (los trematodos Cardicola forsteri y C.orientalis) que se propagaban entre la sexta y undécima semana de cautiverio, causando aumentos en mortandad. El autor propone el seguimiento estrícto de un código de buenas prácticas de captura y cautiverio, con la recomendación de limitar el cautiverio a 6-8 meses.


Experimentar estrés es una cosa, pero ser consciente de ese estrés conlleva el sufrirlo. Los científicos están de acuerdo en que los peces no sufren como los mamíferos. Hay diferencias significativas entre las estructuras de los cerebros entre ambos grupos que apoyan ese consenso. Pero esto no quiere decir que los peces no sufran, sino que tal vez lo experimenten de otra forma (Huningford et al. 2006). El profesor Julian Pittman, de la Universidad de Troy en Alabama, lleva tres décadas dedicado al análisis de la depresión en el pez cebra (Danio rerio). Este pequeño pez se ha convertido en un modelo de estudio en este tema. Pittman ha inventado una prueba para monitorizar el estado de ánimo del pez zebra llamada "Nuevo acuario". Tras su introducción en un nuevo acuario, los peces con depresión y los que se encuentran en estado normal muestran comportamientos muy diferentes (véase las imágenes y la explicación).



Imagen de la izquierda tras introducir un pez cebra no tratado en un nuevo acuario, ocupando la mitad superior y mostrando movilidad. En la derecha, un pez en un acuario con Bisfenol A , un fármaco que provoca depresión, nada en el fondo y muestra niveles bajos de movilidad. (Meng y Pittman, 2014).


En general, las investigaciones avalan que existen distintos estados de ánimo en los peces, como ocurre en otros animales.

Como consecuencia de lo que se ha descubierto hasta ahora, un equipo de investigación noruego ha revisado el tema de la sensibilidad y el bienestar de los peces y ha publicado un número de recomendaciones (Chandararathna et al, 2021). Para garantizar que se encuentren en buen estado en cautiverio comercial, hay que cumplir unas condiciones mínimas que pueden ser específicas para cada especie.


En el ámbito de la aceptación social, la experta croata Gorana Jelic considera que las prácticas de engorde en cautiverio marítimo fallan en dos grandes aspectos frente al paradigma planteado en la acuicultura marítima o "maricultura”. Por un lado, no se cumple el principio del ciclo cerrado (el ciclo cerrado significa que los peces están en cautiverio durante todas las fases de su vida, sin afectar la dinámica de la población salvaje) y, por otro, se incumple el principio de no alimentar a los peces cautivos en base a de otras especies de peces (para no afectar a los ecosistemas de los que forman parte esas especies).

Mientras no se superen estas dos lagunas, la aceptación social de la práctica quedará en entredicho en lo que respecta a su sostenibilidad.

Para hacer frente a estos retos, en los últimos veinte años la producción experimental de atún rojo en ciclo cerrado se ha conseguido con éxito en algunos casos, pero no se ha puesto en práctica a nivel comercial porque aún está lejos de la viabilidad económica. Parece que las etapas del ciclo vital más difíciles de reproducir en régimen de ciclo cerrado de nuestro atún rojo tendrán que seguir dependiendo de la naturaleza.


Conclusión

El proceso de engorde en cautiverio del atún rojo es, sin duda, un proceso establecido y económicamente beneficioso, como se ha demostrado a lo largo de esta serie. De cara al futuro, sin embargo, suscita serias dudas como actividad sostenible.

Al margen de la dinámica del mercado, la selección de una especie salvaje carnívora va en contra a los principios recomendadas por la FAO (Food and Agriculture Organisation) para la acuicultura. Cada Kg de pescado producido requiere entre 15 y 20 veces la cantidad de alimento en forma de otras especies capturadas. Además, hemos mostrado que el pescado empleado como alimento para el engorde es comestible directamente y posee aún mejores características como alimento para humanos. En un momento en el que la necesidad de alimentos con alto contenido en proteína está aumentando, la opción que estamos analizando parece contraria al signo de los tiempos.

Por otro lado, la huella de carbono y el consumo de energía del cautiverio parece claramente superior que la que registra la pesca. Habría que profundizar con estudios específicos para determinar con precisión el nivel de consumo energético y de emisions de dióxido de carbono con esta práctica.

Por último, los datos recogidos hasta ahora muestran indicios claros de que el atún rojo engordado en cautiverio corre riesgo de encontrarse en condiciones de estrés crónico. Este aspecto debería ser estudiado con rigor para poder determinar con exactitud las condiciones tolerables para esta especie.

Nuestra percepción del sentimiento de un animal a menudo determina la decisión de incluirlo o no en nuestro círculo moral (Brown 2014). Una sociedad que se considera civilizada está obligada a tratar estos casos con criterios técnicos y éticos meditados, asegurando que los valores que se defienden vayan de la mano del beneficio económico.


Referencias

1) Hay varios artículos sobre este tema, la mayoría publicados en la década de 2000-2011, pero el más actualizado y que trata el tema en su globalidad es el siguiente artículo publicado en febrero:

An Overview of Atlantic Bluefin Tuna Farming Sustainability in the Mediterranean with Special Regards to the Republic of Croatia. La autora principal de este trabajo (la doctora Gorana Jelic ́ Mrčelić) del Instituto de Investigación Marítima en Split (Croacia) me ha aportado muchas explicaciones adicionales y quiero darle las gracias por su generosidad y paciencia.

2) En materia de ética, recomiendo la revisión: Fish intelligence, sentience and ethics

del profesor Culum Brown, de la Maquarie University en Sydney, Australia. Aprovecho esta oportunidad para agradecer el tiempo y paciencia que me ha dispensado en este trabajo.

3) También quiero agradecer la colaboración y el tiempo que me han dedicado los expertos del Departamento de Pesca y Acuicultura del Gobierno Vasco, la Fundación AZTI, ICCAT (International Commission for de Conservation of Atlantic Tuna), WWF (World Wildlife Fund) y Ecologistas en Acción.


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